Día Internacional de la Mujer Indígena: ¿qué imaginario estamos construyendo?

Cada 5 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Mujer Indígena, en memoria de Bartolina Sisa, lideresa aymara asesinada en 1782 tras encabezar la resistencia contra la colonización española. Su figura ha sido recuperada como símbolo de lucha, dignidad y organización, pero también abre una pregunta necesaria: ¿qué entendemos hoy cuando hablamos de “mujer indígena”?


Existe un imaginario instalado que tiende a simplificar esa respuesta. La mujer indígena aparece, muchas veces, como una figura definida: heteronormada, ligada a la maternidad, al cuidado o a la resistencia, pero siempre dentro de ciertos márgenes reconocibles. Una imagen que puede ser valorada, incluso reivindicada,
pero que al mismo tiempo fija límites sobre qué formas de vida son visibles y cuáles no.


Muchas veces, ese imaginario se reduce a ciertas figuras reconocibles: la mujer heterocis, madre, cuidadora o guerrera bajo moldes específicos. Aunque estas experiencias son reales y valiosas, cuando se vuelven las únicas visibles, terminan por ocultar otras formas de existencia. Así, quedan fuera mujeres trans, personas
no binarias, lesbianas, bisexuales, travestis, entre otras identidades disidentes que también habitan, construyen y sostienen los territorios indígenas en el presente.


Este recorte no es casual. Responde, en parte, a procesos coloniales que no solo implicaron el despojo territorial, sino también la imposición de formas específicas de entender el género, la sexualidad y los vínculos. La idea de una mujer indígena “correcta” —femenina, heterosexual, reproductiva— dialoga más con esas
estructuras heredadas que con la diversidad histórica y viva de los pueblos de Abya Yala.


Hablar de esto no es ir en contra de las mujeres heterosexuales ni de quienes se identifican con esos roles. Es, más bien, una invitación a ampliar la mirada. A reconocer que lo indígena no es homogéneo, que está en movimiento, y que en su presente también existen múltiples formas de habitar el cuerpo, el deseo y la
comunidad.


Recordar a Bartolina Sisa, entonces, no tiene por qué ser solo un ejercicio de memoria hacia el pasado. Puede ser también una oportunidad para preguntarnos qué historias seguimos dejando fuera, qué cuerpos no entran en la imagen que repetimos, y qué voces aún no encuentran espacio.

Ampliar el imaginario no borra lo existente, sino que lo expande. Permite que más personas se reconozcan como parte de una historia que no está cerrada, sino en constante transformación. Porque lo indígena no es una imagen detenida en el tiempo. Es presente, es disputa y también es posibilidad.

Comparte